Carta para El maestro y la Gringa ojos de océanos.

Se veía un tipo evolucionado, que no padecía del síndrome precolombino, ante ello, era posible entrar en su alma, y rebuscar los siglos que venían antes de él con él.

La humildad colmaba la ausencia de soberbia, ese pecado radical que nos dio y quitó todo.

Al comenzar a escribir el relato de esa leyenda, le pregunto sobre las tres cosas que se le vinieran a la mente con la palabra arrepentimiento.

La primera la compañía en soledad, la ultima queda en suspenso, y se detiene en la segunda: «no haber dicho más veces te quiero, te amo, abrazar a los errantes, sobre todo a los que no están conmigo, tanto porque sus sienes se platearon en la sombra de la muerte, como cuando dejé pasar tiempo en que el tiempo nos consumió». 

Un largo silencio acompañó mientras los hielos del vaso de whisky se transformaron en pasado, mientras otro salud llegaba por los que no están, y, con gotas era bendecido el suelo en que nos manteníamos indemnes dentro de un cine que se negó a cerrar sus puertas por décadas, saludando a las almas que nos precedieron.

En eso, el balbuceo se transforma en una voz ronca que recuerda al verano de 1967, cuando conoció a Elyzabeth, «una gringa inglesa con ojos de océano, tan profundos, tan lejanos», como diría. 

La conexión la hace cuando se da cuenta que no pudo juntar esas letras para contarle lo que me contaba, esa sensación de sentir extrañeza cuando es imposible comenzar a extrañar, sin redundar, un simple te quiero era imposible hoy, no porque ayer no lo sintiera u hoy olvidara, tan solo que la cortina que debe cruzar para verla tendrá que esperar a ser llamado por Él, y sólo Él conoce la marca de esa época.

Al comenzar el ocaso de esa noche, luego de cientos de minutos noté que no había hecho ninguna pregunta a viva voz, como si materializara el decir de que un buen conversador es quien sabe escuchar;  no,  me explicó que él no podía entrometerse sin invitación, era parte de su humildad, de su saber y enseñanza sin bombos, con ejemplos, sin palabras latinas, con mucho sentido y paciencia. 

Luego el día se hizo presente,  nos despedimos y me dijo: «el don de la amistad no es estar siempre, es simplemente ser parte de los anhelos confidentes, como la gringa de la cual me arrepiento no haberle dicho que la amaba, como el matrimonio como tuve sin ella, y como el silencio que nunca llené por miedo a no poder recordar su rostro.»

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Salvador Makluf

Abogado y Consultor Inmobiliario

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