Carta para El ir y El devenir

Siempre me ha perseguido la interrogante de la partida como polos opuestos, historias paralelas que se cruzan en rumbos distintos.

Puede ser por la infinidad de moradas, ciudades, almas e historias que hemos hallado en conjunto.

La partida en el amor, la vida, la amistad y el devenir, y cuantos adjetivos calificativos de instantes que se pueden recordar son prudentes escribir.

Precisamente la pregunta que da vueltas es: quién sentirá más la partida, el que se queda o el que se va.

La primera vez que la sentí y busqué una respuesta como un relámpago fue en diciembre de 1998… recuerdo vívidamente ese 23, dos días después del equinoccio de verano, con la emoción de despedir almas eternas, como también el 17 de marzo del mismo año antes de escribir las 365 cartas de ese periplo, o el 31 de enero del siguiente, o bien el 30 de julio de 1987, o bien un día de junio como el de hoy de cualquier año que podría ser el presente.

Uno,  toma el rumbo más alejado desde el kilómetro cero,  y,  el otro, el que se queda inmóvil desde ese mismo punto,  el que se queda en él, siente alejarse aquellos designios confidentes y las recuerda en un nano segundo;  un flash de imágenes multicolores que son sólo un momento dentro de una eternidad. 

Lo contrario sería soberbiar el profesar del existir.

Los caminos están construidos para encontrarse y tal vez separarse para volver a ellos, cuantas infinitas veces sea necesario hasta que la mudez no incomode la presencia de tu partida, si la presencia es indestructible en el olvido no puede serlo en el regalo del presente.

Cuando alguien emprende el éxodo al puerto no necesariamente encarna no querer amar y sentir por siempre a esa humanidad,  puede que sea un aprendizaje para volver con más madurez, o tal vez, sólo ese tiempo era el destinado por el Rey destino, y vivirlo para recordarlo por siempre es una alternativa.

No es que nos hayamos perdido… la grandeza es la posibilidad de encontrarnos.

Siguiendo la lucubración, cuando tomamos el tonelaje de esa posibilidad, de la pequeña, efímera y constante de vernos a los ojos descubriendo el alma, es posible entender la belleza del querer, en todas sus épocas;  entonces sí el amor nunca muere es simplemente por la transmutación de sus paisajes inmortales.

En el amor también cuando no se puede correr se trota,  se camina,  se gatea y se suspira en la barrera de la muerte, mas jamás se deja de palpitar día a día, vida a vida (muerte a vida).

Hoy te miré. 

Dormías en la previa al partir.

Sigilabas tu sueño mientras somos parte de uno inconscientemente, el que no buscamos pero si lo quisimos e hicimos perpetuo, en ese pequeño periplaje del que te hablaba;  no fue necesario más, para qué, por qué, si no se requiere de manuscritos para describir esa maravillosa sensación de saciedad en tu alma al cerrar tus ojos al descansar.

Hay quienes prefieren desagarrar parte del corazón,  en su costado derecho,  a luchar en contra del instrumento mortal de destrucción masiva más frecuente …  el orgullo,  ese que desangra los relatos escritos en blanco y negro,  como las hojas que se escriben y sólo sirven para arremeter entre la brecha del punto de partida y el ocaso del mismo relato. 

Hay otros que construyen puentes con letras sencillas, parecidas a un te quiero o a una visita inesperada, tan hermosa como el último susurro de sinceridad en el hoy, al momento de no decirnos nada. 

Ya lo hemos vivido, pero no por ello es menos importante recodarlo, mientras sea el momento de vivir.

Ante ello, esas palabras escritas están,

 y cuando llegue el momento de levantar velas espero que ninguno de los dos lo haga en otoños distintos.

Y si no fuere así,

Dile tantas palabras en su presencia, que al momento de la partida no quede ninguna por contar…

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Salvador Makluf

Abogado y Consultor Inmobiliario

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