Carta en La Despedida

Cuando el camino que vemos, se ve que al fin, el fin que esperábamos, no llegaría tan pronto, es un hecho futuro y cierto, deseamos contemplar con retrospectiva grandilocuente el universo que dejamos pasar.

Lo malo, más que lo bueno, resulta recurrente ante los anhelos de trascender en las vidas, de los personajes que vivieron actuando esas funciones, compartiendo desde lo más íntimo, a lo más profuso y escondido del ser tuyo. 

Muchos pensamos en testamentos vivientes, cartas de despedida, impregnadas de añoranzas de lo que fue y no lo fue, siendo que fue como no quisimos que fuera, y ese hecho, más del que fuera o no fuera, es el argumento trascendental del revisionismo histórico de nuestras propias vidas. 

Perdón esto, lo otro, perdón, olvido, simpatía en las postreras de la vida, sensibilidad que apremia los titubeos de las palabras de quienes nos quedamos en la orilla de la verdad, sin cruzarla por miedo a la franca verdad; timidez para algunos, estupidez para el resto, franqueza al fin que no llegó, ni deambuló en los momentos necesarios para entender lo inentendible del cuidado a hablar sin expresar emociones que encadenan la sabiduría del no decir nada, queriéndolo ardorosamente.   

El preámbulo era necesario para relatar cómo queremos despedirnos; ante ello, cabe la pregunta de por qué decir adiós si todavía podemos decir bienvenido; mirarte a lo lejos en tu cuchitril mientras podría atravesar el obstáculo de las miradas para abrazarte y dislocarte de sentimiento.

Luego de lucubrar concienzudamente, he concluido que es más fácil para el que se va que para el que se queda, para el que huye mientras el otro espera noticias del cartero, de quien promete volver sabiendo de su eufemismo.

El que va descubre tonalidades que no tenía en su cerebro; el que queda, recuerda ese único tono mono color que conoció del que se fue. Tiene pruebas de una existencia, aunque fuese diminuta, vaga, inexplorable, pero recuerda el pragmatismo del amado que hoy no tiene para decirle que lo tiene aunque las distancias aplaquen esa capacidad de decírselo nuevamente a los ojos. 

Creemos creer que la despedida en sí es una huída, cambiar de villorrio, trabajo o compañera, es una escape de energías arraigadas por temor a ser existiendo, sin saber que siempre fue lo relevante de las misivas que escribía en un bullicioso recuerdo; pero claro, cómo puedo pintar un espacio si las palabras no las veo; de qué color es el amor, cómo huele la traición, cuánto brilla el encuentro.

El amor es indescriptible y no se define con los adjetivos que acumulamos con extraordinaria desfachatez, sino con las sensaciones que atesoramos.

Divagaciones, cuanto mejor plasmarlas en un papel al cual le golpeteas letras, una a una, en forma errónea, y vuelves a escribirlas, tarjarlas intentando que la perfección del segundo beso se haga presente. ¿Quisieras poder borrar las que le dijiste antes de la partida, en el ocaso de lo que perdiste?

La vida en tanto y cuanto, no es así.

Las cicatrices de lo que hablábamos en un principio, sí que son imborrables; en ocasiones las disfrazamos de frustraciones o temores, pero al fin, lo único puro, en su sentido natural, obvio y transparente, es la conciencia metafísica de nuestros pensamientos.

Podrán refutar en cuanto la conciencia con el libre albedrío son descubrimientos, (falacias) modernas para explicar el bien y el MAR.  

Despedida dirán, que tiene qué ver con las incongruentes verdades que cuento en un trozo de este pergamino, que por el momento sólo es un registro electrónico, desconociendo si tendré el valor (corajudo) de algún día imprimirla en mis actos.

Pero sí, una despedida hoy la nombré como sinónimo de una bienvenida, de un hola cualquiera a quien temía regalarle mi sonrisa por una única vez. 

Perdón, tal vez, sea más fácil pedirles perdón, que disfrazar esa noble y escasa acción, que escribir tantas vocales en una noche que parece igual, pero sigue siendo tan disímil, hasta que encuentre esa sencilla palabra de forma más recurrente entre los ensayos que escribo para la posteridad. 


Hoy prefiero decirte HOLA, que mañana dejarte una carta amarilla en el rincón de los muertos, orgullo de patricios incontables, de tétricos espacios silentes, que esperan que el tiempo de los muertos pase. 

La despedida.

Sí.  La despedida hoy la permuto por un acto de amor, uno de perdón y otro de convicción.

Y al final, si alguna de estas cartas llegaré a traspasar la frialdad de tu querer, desearía que al momento del último aliento vital, la pudiéremos leer siendo uno, me mirases con esa ternura inesperada,  prometiendo que el encuentro no será pronto; así, nunca hemos de separarnos antes de reencontrarnos.   

Cuando el amor es puro, el reencuentro es inevitable, en esta vida y quizás en las otras. 

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Salvador Makluf

Abogado y Consultor Inmobiliario

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