Carta Conclusa

Te has ido, dejaste la puerta abierta de ese pequeño cafetín…  pensé que tal vez fue parte del acaso o bien un gesto para que entendiera que el volver no es una acción del que se fue, sino un llamado para el que se quedó, debiendo desentrañar que las razones de un partir se desenvuelven en tantas letras compuestas de tantos siglos que por generaciones de generaciones vinieron y nos llamaron.

Al momento de despedirse, la contención fue el tesón de Carolina, si los otoños compartidos no podían resumirse en un beso definitivo, definitivo hasta aquel instante…  si el futuro no está escrito, es imposible decretar en el hoy, lo que el mañana nos regalará.

Al conocerla por segunda vez, entendía que pasarían tres nuevos conocimientos hasta encontrar la época de coincidir. Coincidimos luego de 17 generaciones, y volvimos al infinito.

Ella pidió de mí que la amara, cuando ella lo hizo 33 veces en silencio; pidió que fuera el pintor definitivo y me quedé inmóvil con la brocha extendida mientras descongelaba mis emociones.

Me rogó que buscara mi principio para no encontrar nuestro fin. Entendí tarde, 2 vidas después, y volver a través de la cortina de la muerte se me hace cada vez más difícil, ya que si la vida de los vivos pasa, también la de los muertos.

La primera vez que la conocí, éramos distintos, quizás una década hacia el pasado, y recién nos dimos cuenta de ello hace muy poco, tan poco que ya ese recuerdo se desvanece; sí, el tiempo cura las heridas, pero también borra los rostros que conocimos, por más que rememoremos día y día a esa persona que vio en mí una esencia de esperanza.

Sol, lluvia, risas, amor, pasión, un mar bravío entrecortado por el viento, atardeceres mágicos con colores indescriptibles. No deseo tantas cosas, deseo que podamos soñar más y dormir menos,  tú junto a mí,  juntos junto a la aventura del redescubrimiento,  ese que nos faltó y prometí en transformarlo en lo que querías para nosotros. Te conocí, te conozco a plenitud, entendiendo que la partida fue el último llamado a un ruego para un cambio profundo, que durante 365 inviernos no quise.

Me dijo “No voy a renunciar al tiempo, no voy a renunciar a un año de sentirte sin poder llegar”. Le dije “Quédate, no lo diré lo haré”. Pero no lo hice. Me arrepiento y pido perdón, por la omisión y el pecado capital del silencio.

“No hace falta que me quites la mirada,  para que entienda que ya no queda nada”.  Estar de acuerdo sería imprecar al destino, no al que va y deviene, sino al que construimos mancomunadamente. 

Quiero regalarte instantes, una vida no tengo,       si ya la media vida nos consumió en un olvido, espero que la mitad que el Creador nos quiera regalar la transitemos yo dentro de ti y tu dentro de mí, como tantas veces fuimos seres de luz.

Descubrí que te amaba cuando te fuiste la última vez desde la casa frente al mar, ese viaje en silencio fue un espacio que nunca podré llenar,  mas sí puedo construir nuevos puentes, si el pasado es dueño de las historias,  entonces,  el futuro donará cada letra escrita con el amor que te profeso.

Que lindo fue cuando dedicabas las horas en enseñarme a ser un buen humano, a mostrarme la belleza del escuchar, la hermosura de tus ojos cual profesora ante su primer día de clases. 

Hermosa de ojos aceituna y pelo del un oriente cercano te tengo impregnada en mi piel, en mi ser, fuimos uno, y no me dividiré, seguiré siéndolo por siglos.

Te has ido; ya cerraron la puerta del  cafetín… no permitiré que tu rostro, aunque duro en ese momento, se borre de mi memoria, ya que, tal como me susurró un hermano “si la eternidad no existiera, no nos habríamos podido conocer”, y yo quiero atravesar esa eternidad contigo.

Me dirás “es fácil ensayar un par de signos para un par de palabras rimbombantes.” Intentaré responder: “Atravesaré el abismo de tus ojos, para el momento que decidas anclar tu barca y esperar a que llegues, como nunca supe hasta que decidí enamorarme de ti”.

Gracias por esperarme, antes y hoy, durante y por siempre.   

Llegaré, hasta el último beso, hasta el primero… sí, ese que definió el lado buenas de las cosas.

Si en el amor, la muerte no tiene cabida, viviré por siempre en ti.

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Salvador Makluf

Abogado y Consultor Inmobiliario

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